jueves, octubre 05, 2006

REFLEXIONES EDUCATIVAS SOBRE "ADICCIONES" Y "DEPENDENCIAS"

“Muchos hombres, como los niños, quieren una cosa pero no sus consecuencias"
Ortega y Gasset.

 
La categoría adicción o dependencia se utiliza social y profesionalmente para referirse a conflictos de diversa índole, así podemos encontrar múltiples referencias sobre la adicción a las drogas, al trabajo, a la comida, al ejercicio físico, al teléfono, a los Chat, a los videojuegos a Internet o al sexo. La identificación de determinadas pautas de comportamiento clasificadas como adictivas o de dependencia aplicadas a las drogas, a la comida, al juego, al sexo… tiene un componente más metafórico que científico o epistemológico. El consumo negligente de drogas, las pautas negligentes con la comida o el uso negligente de Internet no pueden identificarse y reducirse a una simple reacción química, a una compulsión o una enfermedad. Si bien, nosotros defendemos ciertos similitudes en estas pautas, nada tienen que ver con el orden de lo biológico, genético o patológico, en todo caso, los factores en común tenemos que situarlos en el registro de lo ético y lo social. El concepto de adicción suele utilizarse como sinónimo de dependencia (en el caso de las drogas: drogodependencia o toxicomanía). Adicción, dependencia y, a veces, drogodependencia suelen usarse como sinónimos, pero cada uno de los conceptos tiene unos orígenes etimológicos distintos y significados denotativos y connotativos que los distinguen a unos de otros. Dependencia, según la definición de María Moliner, significa: “estar una cosa con otra en tal relación que esta otra determina que aquella otra se realice o no se realice o que se realice de una manera u otra”.[1] El concepto de dependencia suele ser utilizado como sinónimo de sujeción, esclavitud, sumisión, obediencia, subordinación o falta de libertad. De esta definición se establece que en la relación entre sujeto y droga (sujeto y comida, sujeto y juego, sujeto y sexo o sujeto e Internet) uno de los dos elementos determina al otro. ¿Cuál es el elemento que tiene capacidad para determinar al otro? Nosotros como educadores sólo podemos situarnos desde las premisas de la responsabilidad personal e institucional (ética y legalmente). Para nosotros quien tiene capacidad para determinar la relación que se establece es el sujeto, con lo cual no hay tal situación de dependencia, sino capacidad ética y elección personal. En nuestras sociedades actuales las dependencias reales que podemos observar son: niños, jóvenes, “enfermos”, “incapacitados” o ancianos dependiendo de sus familias, de profesionales e instituciones.

Adicto significa ser partidario, conforme, admirador o respetuoso de ciertas ideas o doctrinas políticas, religiosas o de otro tipo.[2] Desde la medicina oficial se tergiversa este significado por el de incapacidad para resistirse a una droga, a la comida, al sexo, a las nuevas tecnologías… Estos conceptos tienen un carácter patológico introduciéndonos en el discurso orgánico, médico y/o psiquiátrico. La toxicomanía, formada por tóxico y manía (veneno y locura), es una definición que nos introduce plenamente en el mundo de la psiquiatría y de la enfermedad mental.[3]
 
Bajo este tipo de premisas los sujetos (consumidores de drogas, con problemas alimenticios, con problemas con el juego…) son considerados frecuentemente como enfermos e incapaces. Las "adicciones" y las "dependencias" son reducidas al orden de lo biológico y de lo patológico excluyendo a los sujetos, sus discursos, sus deseos, sus voluntades e intenciones y las implicaciones socioculturales.[4] Ocampo, nos señala que el discurso médico no ha sido el único en reducir el problema droga [los problemas con la comida, con el juego, con la imagen…][5] a los signos, también policías, asistentas sociales, abogados, funcionarios, sociólogos o educadores han sido imbuidos, desde el discurso médico, por el mundo de los signos orgánicos, olvidando que los signos por sí solos no son significantes.[6]
 
El hecho de ser clasificado como incapaz, enfermo mental o dependiente, crea unos estigmas, unos espacios que serán ocupados por instituciones, profesionales, ONG’s y filántropos varios. La categoría de irresponsabilidad, históricamente asociada a la de "peligro social" aplicada sobre los sujetos pretende enajenar la voluntad de las personas y fija las pautas a seguir y los lugares a ocupar en el discurso institucionalizado.[7] Constituye un determinado discurso de época donde convergen el poder, la legalidad, la moralidad y el dogma científico (ilegalidad o legalidad, bueno o malo, enfermo o sano, error o verdad).[8] Son discursos que abordan los conflictos, los hábitos o costumbres desde teorías ontológicas y desde la dicotonomía excluyendo las relaciones y los procesos.
 
Cabe insistir en que estos tipos de “enfermedad” no han sido descubiertas (virus, bacterias, fracturas, etc.) sino que han sido construidas y establecidas, según el caso, política, legal, moral, social y/o sanitariamente.[9] Como también lo han sido o lo son según el lugar y momento histórico, la herejía, la risa, la masturbación, la homosexualidad, la promiscuidad sexual, ser madre soltera, ser marxista o ser burgués.[10]

Con el uso metafórico, cuando no corrupto, del lenguaje, los mitos religiosos del Antiguo Régimen se nos presentan hoy día como patología, enfermedad o anormalidad en todas sus manifestaciones (genética, biológica, física, psíquica, emocional, moral o social). La ciencia médica desde sus orígenes transmutó los significados y estigmas del pecado a los significantes del error, la falta o la sin razón.
[11] Hoy día los sistemas de salud y salud mental, institucionalizados desde el Imperio de la Ley, han asumido la misión salvadora y punitiva: la salud es el Bien y la enfermedad (locura, adicción, toxicomanía, promiscuidad, "riesgo social", inmoralidad, desvío sexual, inadaptación, disidencia, anorexia, bulimia, obesidad, ludopatía) el Mal.[12]
Existe una amplia tradición social, “científica” y legal donde se identifica al sujeto social con el sujeto moral.



[1] María Moliner; Diccionario de uso del español. Edit. Gredos; Madrid, 1991.
[2] La Real Academia Española define adicción como: “Hábito de quien se deja dominar por el uso de alguna o algunas drogas tóxicas, o por la afición desmedida a ciertos juegos.”
[3] Escohotado, A. (1989). Historia de las drogas (Vol. 3). Alianza Ed.
[4] Vera Ocampo, Eduardo; “Droga, psicoanálisis y toxicomanía”. Edit. Paidos; Buenos Aires; Argentina. 1988.
[5] La cursiva es nuestra.
[6] OP. Cit.
[7] Savater, Fernando. El estado clínico. Revista: Claves de la razón práctica; ISSN 1130-3689, Nº 1, 1990, pags. 18-25.
[8] Foucault, M. (1990). La vida de los hombres infames. Ediciones de La Piqueta; Madrid.
[9] Thomas SAS. (1993). Nuestro derecho a las drogas. Barcelona. Edit. Anagrama.
[10] Álvarez-Uría, F. (1983). Miserbles y locos: medicina mental y orden social en la España del siglo XIX. Barcelona. Edit. Tusquets.
[11] Foucault, M.n (1990). La vida de los hombres infames. Madrid. Ediciones de La Piqueta.
[12] Op. Cit.

2 comentarios:

DDAA dijo...

Un artículo interesantísimo. Es una pena que todo el mundo dé por sentadas una serie de cuestiones que distan mucho de estarlo. La última campaña de la FAD es especialmente ilustrativa de esta mentalidad, por cuanto concede vida propia y capacidad de decisión a sustancias inertes. Esto supone un fomento de la irresponsabilidad a todos los niveles.

Un artículo que quizás conozcas y que, de no ser así, te gustará leer, es este Los riesgos de etiquetar a los consumidores de drogas

Jose Luis dijo...

Yo pasé un calvario con las drogas. Es cierto que no son ellas las culpables, sino yo quién las consume. Pero me vi inmerso en ese mundo y me encontré en un bucle de derroche y malas compañías. Cuando mi familia estaba a punto de tirar la toalla, un compañero me recomendó acudir a una consulta especialista. El doctor Isisdro Pérez en CHC Psicólogos consiguió eliminar casi por completo la adicción que me tenía preso. Con trabajo y mi fuerza de voluntad recuperé a mi familia y se puede decir que casi llevo una vida normal.